El vuelo transcurre sin sorpresas, siendo puntual. Como es doméstico me deja en el aeropuerto próximo a la ciudad (Mehrabad), donde supuestamente he quedado con Nazanin. Como lleva retraso opto por avanzar algunas paradas de metro en su camino.
Una vez juntos me plantea la posibilidad de ir a su casa de estudiante en Qazvin, una población en el norte (sí, del punto geográfico del que he venido), a unas tres horas. Más o menos se encuentra a mitad de camino entre Tehran y Rasht.
El apartamento de Nazanin es un bajo de una casa, pequeñito, sin habitación y baño en un patio. Lo peor que hace más calor que en el infierno, pero me encuentro a gusto en su compañía.
Después de dejar las cosas ya tiene organizado el plan para la tarde y el día siguiente. Como no es pronto cuando llegamos a su ciudad, nos limitamos a ducharnos e ir a cenar: pizza y guarradas similares, que ya es hora de probar algo distinto de vez en cuando.
Conciliar el sueño en el piso de Nazanin es prácticamente imposible, así que aprovechamos para charlar.
El día siguiente, principal día de nuestra estancia en Qazvin, Nazanin me tiene preparado una primera visita a la Casa del Rey.
Aquí me dio por pintarme los ojos, a ver qué tal. Después del horror de foto, opté por desmaquillarme:
Se trata de la única casa que se mantiene intacta, ahora convertida en museo de caligrafía (al que no he hecho ni caso), en la ciudad. Estaban destinadas a sus diferentes esposas. El edificio es muy bonito, especialmente el último piso con las vidrieras de colores que me han recordado las de Bushehr. También merece mucho la pena el jardín. El precio de la entrada razonable, unos 2€ para los extranjeros
Siempre con taxis colectivos, pues hace un calor infernal, nos hemos dirigido al sitio más bonito de la ciudad con diferencia: la antigua caravanshar. Es un edificio muy amplio, que a pesar de estar dedicado a la vida comercial, como en casi toda esta ciudad, no está masificado. En efecto, en Qazvin se vive una cierta tranquilidad que se echa en falta en tantas y tantas ciudades de Irán.
La cría tiene buen ojo para encontrar sitios fotogénicos:
Allí hemos aprovechado para almorzar, a una hora intempestiva como a Nazanin le gusta (12:30). El restaurante, otra preciosidad, comemos kashke bademjoon, una especie de puré de berenjena con yogour que cada vez me gusta más (tal vez sea porque no es kebap ni tiene arróz). El precio, como siempre en Irán, simbólico (Unos 9€, la comida para los dos, cuatro refrescos y te para un regimiento).
El calor nos hace volver a casita a dormir abrazados al ventilador. Jodé, cómo lo necesitábamos, pues hemos estado más de cuatro horitas como dos marmotas. Ya con el calor de la calle en una temperatura soportable para algo más que las lagartijas tomamos nuevos taxis coletivos (esto me encanta… pagas unos 50 céntimos por carrera) para ir al hammam de la ciudad, convertido en un museo etnográfico, que no desmerece, pero lo interesante es el edificio.

Le comento a Nazanin que paso de mezquitas, cosa que creo que agradece y me lleva a un hotel tradicional khaneye behruziha para cenar, esta vez no me escapo: chicken kebap. Nazanin es un poco especial con la música tradicio
nal de su país, vamos que le gusta como a mí Enrique Iglesias. Esto hace un poco más difícil la cena en el restaurante, pues un tío no deja de chillar en farsi canciones de amor. Pero conseguimos que nos cambien de sitio (ella ha pedido, con dos huevos, que si es posible que descansen un poquito). En resumen, una cena agradable, en un día agradable.

Para rematarlo, Nazanin me acompaña a contemplar la luna en un parque próximo a su casa, donde hay un montón de compatriotas en familia, fumando sisa, charlando,… la imagen que tanto me gusta.
Cuando llegamos a su casa, de madrugada, la puerta del edificio está cerrada y otra vez todo se tuerce. No, esta vez no es el tobillo de Nazanin. La vecina tiene que abrirle a la cría y, evidentemente, me ve. No pasan cinco minutos en que baja a la casa de Nazanin y en un diálogo que no entiendo pero intuyo le viene a decir que se tiene que marchar del piso. Le pone no sé qué escusa. El hecho evidente es que soy el responsable por dormir en su casa. Siento asco otra vez, pero sobre todo, siento la necesidad de apoyar a Nazanin en todo cuanto pueda.
El día siguiente decidimos abandonar Qazvin, pero primero vamos a mirar algunas agencias de la propiedad para saber qué opciones tiene para septiembre, pues aún está en la universidad y tiene que alquilar algo para un año.
Hemos tomado la decisión de seguir hacia el norte. Concretamente, me vuelvo a Rasht. “Me vuelvo”, porque voy a ser nuevamente huésped de ese maravilloso dormilón que es Arad. Ni se lo ha pensado: los amigos de mi amigo Iñaki, son siempre bienvenidos a mi casa.
En dirección a la Terminal de autobuses pasamos por la última atracción de Qazvin: una de las dos antiguas puertas que había en la ciudad amurallada.
Una vez juntos me plantea la posibilidad de ir a su casa de estudiante en Qazvin, una población en el norte (sí, del punto geográfico del que he venido), a unas tres horas. Más o menos se encuentra a mitad de camino entre Tehran y Rasht.
El apartamento de Nazanin es un bajo de una casa, pequeñito, sin habitación y baño en un patio. Lo peor que hace más calor que en el infierno, pero me encuentro a gusto en su compañía.
Después de dejar las cosas ya tiene organizado el plan para la tarde y el día siguiente. Como no es pronto cuando llegamos a su ciudad, nos limitamos a ducharnos e ir a cenar: pizza y guarradas similares, que ya es hora de probar algo distinto de vez en cuando.
Conciliar el sueño en el piso de Nazanin es prácticamente imposible, así que aprovechamos para charlar.
El día siguiente, principal día de nuestra estancia en Qazvin, Nazanin me tiene preparado una primera visita a la Casa del Rey.
Aquí me dio por pintarme los ojos, a ver qué tal. Después del horror de foto, opté por desmaquillarme:
Se trata de la única casa que se mantiene intacta, ahora convertida en museo de caligrafía (al que no he hecho ni caso), en la ciudad. Estaban destinadas a sus diferentes esposas. El edificio es muy bonito, especialmente el último piso con las vidrieras de colores que me han recordado las de Bushehr. También merece mucho la pena el jardín. El precio de la entrada razonable, unos 2€ para los extranjeros
Siempre con taxis colectivos, pues hace un calor infernal, nos hemos dirigido al sitio más bonito de la ciudad con diferencia: la antigua caravanshar. Es un edificio muy amplio, que a pesar de estar dedicado a la vida comercial, como en casi toda esta ciudad, no está masificado. En efecto, en Qazvin se vive una cierta tranquilidad que se echa en falta en tantas y tantas ciudades de Irán.
La cría tiene buen ojo para encontrar sitios fotogénicos:
Allí hemos aprovechado para almorzar, a una hora intempestiva como a Nazanin le gusta (12:30). El restaurante, otra preciosidad, comemos kashke bademjoon, una especie de puré de berenjena con yogour que cada vez me gusta más (tal vez sea porque no es kebap ni tiene arróz). El precio, como siempre en Irán, simbólico (Unos 9€, la comida para los dos, cuatro refrescos y te para un regimiento).
El calor nos hace volver a casita a dormir abrazados al ventilador. Jodé, cómo lo necesitábamos, pues hemos estado más de cuatro horitas como dos marmotas. Ya con el calor de la calle en una temperatura soportable para algo más que las lagartijas tomamos nuevos taxis coletivos (esto me encanta… pagas unos 50 céntimos por carrera) para ir al hammam de la ciudad, convertido en un museo etnográfico, que no desmerece, pero lo interesante es el edificio.
Le comento a Nazanin que paso de mezquitas, cosa que creo que agradece y me lleva a un hotel tradicional khaneye behruziha para cenar, esta vez no me escapo: chicken kebap. Nazanin es un poco especial con la música tradicio
Para rematarlo, Nazanin me acompaña a contemplar la luna en un parque próximo a su casa, donde hay un montón de compatriotas en familia, fumando sisa, charlando,… la imagen que tanto me gusta.
Cuando llegamos a su casa, de madrugada, la puerta del edificio está cerrada y otra vez todo se tuerce. No, esta vez no es el tobillo de Nazanin. La vecina tiene que abrirle a la cría y, evidentemente, me ve. No pasan cinco minutos en que baja a la casa de Nazanin y en un diálogo que no entiendo pero intuyo le viene a decir que se tiene que marchar del piso. Le pone no sé qué escusa. El hecho evidente es que soy el responsable por dormir en su casa. Siento asco otra vez, pero sobre todo, siento la necesidad de apoyar a Nazanin en todo cuanto pueda.
El día siguiente decidimos abandonar Qazvin, pero primero vamos a mirar algunas agencias de la propiedad para saber qué opciones tiene para septiembre, pues aún está en la universidad y tiene que alquilar algo para un año.
Hemos tomado la decisión de seguir hacia el norte. Concretamente, me vuelvo a Rasht. “Me vuelvo”, porque voy a ser nuevamente huésped de ese maravilloso dormilón que es Arad. Ni se lo ha pensado: los amigos de mi amigo Iñaki, son siempre bienvenidos a mi casa.
En dirección a la Terminal de autobuses pasamos por la última atracción de Qazvin: una de las dos antiguas puertas que había en la ciudad amurallada.

