Despegamos del aeropuerto de Madrid-Barajas a las 16:15 destino a Lisboa, donde aterrizamos a las 16:35 por obra y gracia de la diferencia horaria. El vuelo se pasó muy rápido; al poco de despegar pasaron ofreciendo una palmerita de hojaldre, detalle pequeño pero muy de agradecer, que ya no se ve en vuelos cortos de otras aerolíneas. No habíamos casi terminado de masticar la palmerita cuando ya se nos pedía abrocharnos los cinturones porque se iniciaba la maniobra de aproximación al aeropuerto de Lisboa.
En Lisboa tuvimos casi un par de horas de escala para volver a embarcar hacia Toronto. No tuvimos que preocuparnos por las maletas porque como nuestro billete era Madrid-Toronto, iban facturadas directamente al destino final.
El vuelo Lisboa-Toronto duró unas 8 horas, durante las cuales nos sirvieron una cena bastante completa y, posteriormente, otro refrigerio. Entre las comidas, la lectura y las cabezadillas, las ocho horas se nos pasaron “volando”.

En cada asiento había una pantallita con canales donde podías ver algunas películas o programas, pero no me interesó nada de lo que había y preferí sintonizar el canal donde van informando de la situación del vuelo a tiempo real. ¡Mira que me gustan a mí estas cosas!

He de decir que hemos quedado bastante contentos con las líneas aéreas TAP Portugal. En general han sido puntuales y amables, y el catering a bordo ha estado bastante bien. Eso sí, el espacio entre asientos era lo poco generoso que suele ser en la clase turista de cualquier aerolínea.
Aterrizamos en el aeropuerto Pearson de Toronto casi quince minutos antes de la hora prevista, pero aún nos quedaban 15 minutos de rodaje por las pistas hasta llegar a la terminal (¡Pearson es enorme!), así que al final desembarcamos exactamente a las 21:35 (hora local) como ponía en los billetes. Pasamos el control de aduana, donde nos preguntaron a qué íbamos, qué lugares íbamos a visitar, cuáles son nuestras profesiones, qué estudia nuestro hijo, si llevamos armas, comida, etc. Todo un interrogatorio.
Recogimos las maletas y por fin nos encontramos con la Chiquilla, que había venido a buscarnos al aeropuerto. ¡Oooohh, qué alegría…! ¡Casi un año hacía desde que se marchó…!
Una vez repartidos los preceptivos besos y abrazos, fuimos a buscar el Car Rental. Siguiendo los carteles que nos mandaban a una planta superior no conseguíamos encontrarlo, así que preguntamos a un empleado que nos indicó bajar desde ese piso superior en ascensor hacia otra planta por debajo de la que estábamos al principio, donde por fin dimos con los mostradores de las empresas de alquiler. No entiendo muy bien por qué los carteles mandan hacia arriba si las agencias están abajo; tal vez ésa sea la única forma de comunicarse entre las diferentes zona del aeropuerto.
En el mostrador de Budget nos pidieron el carnet de conducir original (no el permiso internacional) y nos dieron la llave del coche, que ¡oh, sorpresa! no era el Ford Escape que habíamos contratado sino un Jeep Grand Cherokee. El cambio nos hizo gracia a medias. Por un lado el Jeep era un coche de una categoría superior y además estaba nuevecito (sólo tenía 9.000 km). Pero por otro, al ser más grande sería menos maniobrable y consumiría más, y además el maletero nos pareció un poco pequeño si echábamos la lona. Al final las tres maletas grandes que llevábamos cupieron un poco a la fuerza.
Este es el coche, en una foto tomada durante un día del viaje:

Eran más las 11:30 de la noche torontoniana cuando el Míster arrancaba el Jeep para conducir desde Pearson hasta el centro de Toronto. Los primeros minutos le supusieron cierta inquietud porque era la primera vez que cogía un coche automático y de esas dimensiones, pero en honor a la verdad hay que decir que enseguida se familiarizó con él, y con el paso de los días llegó a asegurar que donde estuvieran los automáticos se quitaran los manuales.
Llegamos por fin al apartamento que habíamos reservado a través de AirBnb para las dos primeras noches, muy bien situado, en la Front Street West, a diez minutos andando de la CN Tower y con plaza de aparcamiento en el propio edificio incluida en el precio. El check-in se hacía de forma autónoma, metiendo un código que nos daba acceso inicial al apartamento. Una vez dentro, allí estaban las llaves y el mando del garaje.
Esta forma de hacer el check-in es cómoda porque te permite llegar a cualquier hora sin molestar al propietario para darte las llaves. Pero ahí tuvimos un pequeño contratiempo: el mando del garaje no funcionaba. Y, por supuesto, el coche no se podía quedar en la calle porque no teníamos permiso de residentes. Ya estábamos pensando que no nos iba a quedar más remedio que telefonear a la propietaria (eran más de las doce de medianoche en Toronto) cuando apareció nuestro salvador: otro coche de un vecino que venía también al garaje y que abrió la puerta con su propio mando. Se puede decir que tuvimos suerte, porque no creo que a esas horas el trasiego de coches del garaje fuera muy grande.
El apartamento era un poco mediocre; más viejo y más sucio de lo que parecía en las fotos. Sólo nos habían dejado tres toallas de baño y sólo había tres sillas para sentarnos a la mesa. Además, los Chiquillos tenían que dormir en el sofá-cama, para el cual no encontramos sábanas por ningún lado. Varios pequeños inconvenientes. Sin embargo, las vistas desde la terracita eran estupendas:

Nos acostamos cerca de la 1:00 de la noche de Toronto (las 7:00 ya de la mañana para nosotros, que veníamos sin dormir desde el día anterior en Madrid).