Como teníamos por delante 7 horas de carretera, y ya sabíamos por experiencia que suelen surgir muchos imprevistos, madrugamos mucho. El día anterior se lo habíamos comentado a la Sra. Sue, y nos dijo que como ella tan pronto no cocinaba, que nos prepararía el desayuno para que nos lo llevásemos de picnic. La mujer se tiró mucho el rollo porque nos lo hizo a la carta y todo, y nos tenía preparada una bolsa con dos sándwiches de beicon y huevo, dos de jamón y queso, tomate picado con sal, fruta, bollo casero de plátano y servilletas y botellas de agua. Una pasada.
A las 7.15h salíamos de camino, y pasamos la aduana sin ningún problema de nuevo. Esta vez también cogimos una ruta turística en vez de ir por la autopista, y primero fuimos a Séneca Falls, un pueblo perteneciente a la zona de los Fingers Lakes. Toda la zona es preciosa, muy verde, y seguimos viendo todas esas casas de madera con porche, sin vallar y con el césped perfectamente cortado, que nos tienen alucinados. En Séneca entramos por la calle principal que va a dar al lago, y en esa misma calle nos paramos en un bar pequeñito y típico, a tomarnos uno de esos cafés americanos imbebibles, por su fuerte sabor aguachinados, y calientes a rabiar. Además nos arrepentimos de habernos comido los sándwiches de la Sra. Sue por el camino, por que el sitio era típicamente americano, donde estaba desayunando toda la gente del pueblo, con dos tíos grandotes y gorditos con pinta de moteros, llenos de grasa, preparando unos copiosos y auténticos desayunos americanos. Allí se me sentó al lado un simpático octogenario con quien tuve una amena conversación mientras yo soplaba mi asqueroso café y el se comía todo el montón de cosas que le habían puesto en el plato. Creo que fue una de las vivencias más americanas que viví en todo el viaje, parecía estar dentro de una película.



Después pusimos rumbo a Ithaca, que tiene el campus universitario más grande del país, aunque a mi no me pareció gran cosa. Dimos una vuelta desde el coche (que nos colamos, porque se supone que sólo pueden entrar vehículos con autorización), y no me pareció ni tan grande, ni bonito, ni nada, estaba apartado del pueblo, como en medio de la nada, y aunque parecía que tenía muchas instalaciones, la verdad es que no me gustó. Tampoco conseguimos encontrar las famosas fraternidades, así que se nos quedo un poco mal sabor de boca.
Y ya del tirón seguimos hasta Nueva York. Paramos unos 20 minutos a que mi chico echase una cabezada, y ya no sé cómo, nos habíamos vuelto a retrasar, porque aunque íbamos con 30min de margen (ya que me daba pánico la entrada a Nueva York), ya antes de cruzar el túnel que da acceso a la isla había un caos y un atasco impresionante, y luego conducir por la isla es una auténtica locura. Te tienes que ir peleando con los coches y los peatones, así que no me extraña nada que en Manhattan no haya turismos, sólo taxis y camiones de reparto. Nos quedamos asustaditos. Finalmente llegamos sólo con 3min de margen, y con un miedo en el cuerpo terrible, porque la cosa ya no era pagar un día más de alquiler de coche, si no que en Manhattan te comes el coche con patatas, porque la mayoría de los hoteles no tienen parking, y pagar uno es carísimo (unos 50$ dos horas).

Como en San Francisco, resultó que nuestro hotel estaba casi enfrente de donde habíamos dejado el coche, así que genial, porque íbamos super cargados. Para nuestro primer contacto con la isla había planeado nuestro primer recorrido desde nuestro hotel, el Thirty Thirty Hotel, hasta el Flatiron Building, pero estábamos tan cansados después del viaje, que decidimos simplemente descansar un rato, nos duchamos, y nos preparamos para ir a Broadway. Por cierto, nuestro hotel estaba bastante bien, muy céntrico, a tres calles del Empire State, en una zona tranquila, recientemente reformado, con habitaciones pequeñas pero cómodas y de baño amplio, limpias, y nosotros cogimos una oferta muy buena. Reservé en marzo para agosto, y 5 noches, con el desayuno incluido, nos salieron por 670€.
Teníamos reservadas entradas para ir a ver Wicked a las 20.00h y como siempre salimos tarde y tuvimos que subir a toda prisa a Times Square. Subimos andando, y en unos 40min (no habíamos contado con lo atiborrado de gente que iba a estar, y lo que nos iba a costar atravesarlo), andando muuuyyyy deprisa, estábamos allí. En el hotel nos habían dicho que se tardaba unos 20min. La primera impresión fue alucinante. No nos podíamos creer que por fin estuviéramos allí, en el centro neurálgico de la “gran manzana”. Nos entreteníamos con cualquier cosa, lo admirábamos todo, nos sacábamos fotos… y finalmente legamos por los pelos al musical en el Greenwich Theater.


El musical fue espectacular. El teatro era precioso, y las entradas que habíamos cogido, aunque laterales, eran muy buenas. Los actores fantásticos, las voces indescriptibles, y los decorados, vestuarios, efectos especiales, etc., alucinantes. Se nota que tienen mucho más presupuesto que aquí en España. La historia es de cuando las brujas del Este y del Oeste del cuento del Mago de Oz eran jóvenes, de cómo se conocieron, cómo se hicieron amigas, y porqué se convirtieron en las brujas adultas que luego aparecen en la historia de Oz. Realmente nos encantó. Si habláis un poco inglés lo entenderéis perfectamente, y si no tenéis ni papa, como le pasaba a mi chico, pues disfrutareis de la magia del espectáculo, que es realmente impresionante.

Después de salir del teatro fuimos a cenar a Ellen´s Startdust, que estaba justo enfrente, y que habían recomendado algunos foreros. Y esto ya sí que fue una pasada. Cena con espectáculo. Es un local ambientado en los ´50, donde los camareros cantan (sin tener nada que envidiar a los actores de Broadway, madre qué voces) y la comida está bien, un poco caro, pero merece mucho la pena. Me lo pasé realmente en grande cantando canciones de un amplio repertorio que todos conocemos, como las de la película “Grease”, y como todo está ambientado, parecía que estábamos allí, dentro de la película.
Después de cenar, a eso de las 0.00h, bajamos andando al hotel, esta vez tranquilamente, y ya no había prácticamente nadie por la calle, que cambio verlo ahora todo desierto. Vimos algunos vagabundos y borrachos, pero nada alarmante, como cualquier gran ciudad. Llegamos y directos a la camita, que al día siguiente el despertador sonaba de nuevo a las 6.00h. Nuestra primera tarde en Nueva York había sido “Amazing”.
