
Se levantan pronto aquí, lo que se traduce en los sorbos de un café y unas tostadas a las 7 de la mañana, tiempo de escolares uniformados, y thais fibrosos metiéndose cucharadas de un arroz blanco bañándose en sopa verde. A la songthaew que aminora la marcha a nuestro paso, se le baja una ventanilla por la que asoma un conductor sonriente y una hoja plastificada con unas letras entre monos, tigres y elefantes, de la que parece escucharse algo así como Tiguelkindum.

Recuperados del primer instante de shock, desciframos un ofrecimiento de excursión al Tiger Kingdom, el reino de los tigres, atracción turística en el distrito de Mae Rim anexo a Chiang Mai. Desentrañamos el trabalenguas al recordar que a los thais como a los chinos les cuesta pronunciar bien la R, que sustituyen por L, pronunciando por ejemplo, load en vez de road. Al final uno se acostumbra a la plonunciación.

Como queremos respirar aire del campo, hacer algo de ejercicio y oler a champiñones, se nos ocurre el Doi Duthep, aunque descartamos las vistas desde la montaña sagrada, dado el cielo encapotado del día. El alegre chofer nos presupuesta la excursión en 250 THB (6 eu) pero como le decimos que seremos 2 más, nos lo baja a 200 THB (5 eu) per cápita.Recibe el ok, y nos transporta gratis al hotel para que le señalemos el punto de recogida a las 9 en point, 1 ½ más tarde.
La montaña es frondosa, una selva clásica de nubosidad baja entre las copas de los árboles, y que traspasa tramos de la carretera de subida. En ½ hora se alcanza el punto de ascensión al Doi, inequívoco por los chiringuitos y vendedores ambulantes de souvenirs.

Aunque la famosa escalera asesina de 300 y algo escalones al Wat del Doi Suthep se ve imponente y sinfín, por la niebla que la cubre a medio tramo, la realidad es bastante menos terrible, y no resoplas si no se pretenden batir records. En la escalera al cielo hay niños cebo encantadores, vestiditos de etnias del norte para sacar unas monedas o chucherías por la foto, a los que aunque no quiero retratar para no entrar en este tipo de historias, pico el anzuelo, haciéndoles una fotografía cenital a sus cogotes sin que se den cuenta. al menos ellos.

Al final de las escaleras coronas en el centro comercial Wat Doi Suthep, cuya entrada cuesta 30 THB (80 cms). Diviso un monje en un despacho con una pantalla con los cuadraditos de las cámaras de seguridad, y los establecimientos típicos de estos lugares sagrados: tiendas, bares, librería, etc. Se ven feligreses arrodillados, o dando vueltas en círculo, un buda sobando y otro de jade, campanas para despertar al buda que soba, y todo refulge de dorado sin excepción, incluso los focos de la iluminación. Hago fotos y paseo, y me llama la atención una silla en un piso sin paredes de cara al vacío, y un anciano en una silla de ruedas, movido con hilos pero venerado y guardaespaldado.

Descendemos tras una hora de visita, con cuidado de nos despeñarnos escaleras abajo, por no ver donde pisamos por el deslumbramiento que llevamos, y hacemos inspección de chiringuitos, pero como al llegar a la songthaew, sólo han transcurrido 2 horas desde la bajada de bandera, lo que que se traduciría en una excursión sin amortizar, le digo a Sawan, que así se llama el conductor, que nos acercaremos a una factoría de jade y orquídeas que se ve a unos 200 metros carretera abajo. A medio camino, una azafata nos da un prospecto de la fábrica con un vale de un café gratis, que tomamos antes de entrar bajo una ristra de colgantes orquídeas.

Nos recibe una distinguida anfitriona madura que habla castellano, y que nos descorre la puerta de una sala de proyección, donde nos invita a sentarnos. Ordena al piloto del DVD que chute la cinta española de 5 minutos, y nos introduce en los jades Nefrite, Jadeite, y el imperial, categoría más valiosa de esta gema. El nefrite es verde oscuro, más opaco y blando, y con el, tallan figuras pero no hacen joyas, reservadas al jadeite, de mayor dureza, más traslúcido, de varias tonalidades, y más preciado que la esmeralda según explican. En bruto, lo compran en Birmania, luego se corta y se talla con diamante, Pasamos al taller, donde varios artesanos se afanan con su especialidad en sus mesas, boceto, dibujo, tallado, pulido, etc.

Es interesante hasta que nos dirigen a las vitrinas de la sala de ventas Observo un rato las tallas mientras las regias vendedoras me observan a mí, pero dejo las pequeñeces y me voy a las de petrodólares, donde me fijo en una de verde profundo rodeada de pedruscos, que por el tamaño que tiene, los 40000 THB (975 eu) que vale, pienso que tampoco es mucho. A pesar de mi pensamiento, la psicología de la dependienta, le guia a hacerme la observación, de que en la otra punta de la sala, hay joyas de plata más baratas. Me hace reir, y un poco aburridos ya, salimos Sandra y yo a fumar, hasta la salida de Rosa y Gorka. Al rejuntarnos, animado, Sawan nos pregunta si queremos un tour comercial, a las factorias de paraguas de papel pintado y de plata de San Kamphaeng Rd, tomando rumbo este.

Tras las visitas sin compra, el majo Sawan nos aparca en el hotel, unas 6 horas después de la salida, con la misma sonrisa. Le damos los 800 THB más 100 de propina (22 euros en total), y arranca a seguir rodando. Retomamos callejeo unas horas más tarde, en el conocido mercado nocturno de Chiang Mai, a lo largo de Chang Khlan Rd y sus ramificaciones. En el enorme night bazar todo está junto y revuelto, y los comercios y centros comerciales, amparan a cientos de puestos de mercancías clonadas a las que echas un vistazo hasta que te mareas. Los vendedores te pueden soltar cualquier palabra en cualquier idioma, el regateo es cansinamente indispensable, y hay un montón de tiendas de maletas, que te lanzan indirectas de que lo que se va a necesitar para meter todas los artículos, chorradas o no, que uno se compre.

Nos desviamos por uno de los callejones, y pasamos por un restaurante de comida exótica llamado Casa Antoñio, con eñe de selección española de fuñbol, que cuenta en su carta con un plato de melón con jamón a precio de paleta 5 jotas. En la puerta, las azafatas que te reclaman con la carta en la mano, responden a lo que sea con un “guay del paraguay”, que algún desalmado les obliga a decir. Si les preguntas si tienen cocido madrileño, te responden “guay del paraguay”; si les preguntas por el baño porque te estás meando, te contestan “guay del paraguay”; si le preguntas cómo me ves?, oyes “guay del paraguay”. Son un disco rallado vestido de mix de tribu de montaña y traje típico de región inexistente de España.

En el garito de al lado donde comemos sin eñes, es distinto. Ricos y baratos platos a 50 THB (1’2 eu), con una cocinera con mascarilla y una mancha con delantal, removiendo las ollas en la acera, sobre un fogón alimentado por dos bombonas potencialmente devastadoras. Un sitio encantador, donde poder comer fantásticos sencillos platos, pero que se arruinaría con una inspección sanitaria made in Spain. La simpática dueña iba y venía amigablemente, y familia, amigos y perro, se sentaban por ahí a chafardear la calle. Dejamos a nuestros amigos comprando, y Sandra y yo decidimos volver andando al centro a pesar de la llovizna, lo que nos cuesta varias paradas para ponernos a cubierto de la tromba de agua que se desata. Pisando charcos en fila india por Loi Khor Road, cruzamos los garitos de música a tope, copeo canalla, y burdeles abiertos para el turista de sexo y borrachera. En vanguardia, recibo insinuaciones e invitaciones de las chic@s de los locales, hasta la aparición de Sandra un par de segundos después, con la que se disculpan inmediatamente.

Ya en la muralla, nos amparamos 1 hora más, en una mesa de madera bajo los toldos esquineros de un café cerrado, que nos sirve de cobijo junto a un tipo tumbado, y dos parejas de chavales sentados en otra mesa. Al cesar el diluvio, en medio de la calma tras la tempestad, alcanzamos las cuatro paredes de la habitación del Nam Sai..