En la pausa de recuperación yo hablo con mi padre, que me comenta que al centro de Madrid está llegando todo el humo y las pavesas de los incendios en curso, y mi acompañante oye los audios continuamos el recorrido a nuestro ritmo. Ascendemos y nos vamos aproximando al Baluarte de Sant Bernat, que data del siglo XVI y está en el extremo sur del recinto amurallado, así como a su mirador desde donde se puede apreciar también la isla de Formentera, amén de toda la costa ibicenca que alcanza la vista.

Mi acompañante me comunica que varios vecinos han podido acceder a la urbanización porque alguien conoce a alguien de la Guardia Civil y porque la UME y los bomberos se han quedado sin hidrantes y necesitan encontrar otros medios para conseguir agua como pozos o piscinas. De la rápida inspección por las calles de la urbanización han ido contando que hay parcelas afectadas por el fuego y otras no, afortunadamente. Entre éstas últimas están la de mi acompañante y la anteriormente nuestra, que no han sido afectadas, pero por el contrario la de mis abuelos antaño sí que le ha pillado y ha calcinado partes del terreno aunque sin llegar a la vivienda. Mi acompañante respira aliviado y procede a comunicárselo a su familia para que también se queden tranquilos.
Por tanto, ya más calmados por las noticias aunque también cariacontecidos por el curso de los acontecimientos, proseguimos ruta en dirección a los Baluartes de Sant Pere y Sant Jaume. En esos momentos estamos en el punto más alto del sistema de murallas de la ciudad y corre un viento bastante molesto lo que provoca que el gorro de mi compañero de fatigas salga volando. Es el momento de tomar decisiones. Ya decía nuestro común amigo a estas alturas Napoleón que “tómate tu tiempo para deliberar, pero cuando llegue el momento de actuar, deja de pensar y actúa” y por ello le grito que se fije donde vaya a caer el gorro que salgo corriendo a recuperarlo.
Efectivamente, el objeto va desplazándose por el aire, se para en una zona de la muralla y, por último, acaba cayendo al exterior cerca del aparcamiento inferior del Baluarte de Sant Bernat, al cual me dirijo. La caminata acaba de quemar lo poco que quedara de tostadas francesas del desayuno con su bien de bacon, llego al lugar de alunizaje, rebusco por la maleza mientras mi acompañante me va indicando la zona aproximada y, por fin, lo rescato y lo agito como si hubiera arrancado la cabellera a algún rostro pálido del Salvaje Oeste Norteamericano. "Qui neda no s'ofega", que dicen por estas tierras.
Recorro el camino de vuelta con su ración de escaleras empinadas de subida y hago entrega del mismo lo cual se me agradece sobremanera porque se trata de un regalo y la pérdida hubiera tenido un componente emocional, más que del objeto en sí.

Cogemos ya el descenso y nos aproximamos a los Baluartes anteriormente mencionados que se han museizado para el deleite del visitante.
En el Baluard de Sant Pere se pueden visitar las casamatas que albergaban las piezas de artillería y en las que se proyectan audiovisuales explicativos sobre la construcción de la muralla renacentista. A las mismas se accede por un túnel que conecta con el corredor del Portal Nou.
En el Baluard de Sant Jaume está representada la tecnología militar de los siglos XVI al XVIII y allí se exponen cañones, morteros, mosquetes, espadas, cascos y demás parafernalia bélica. No me acordé de que lo que allí se expone es interactivo y se puede coger e incluso vestirse con ello por lo que me quedé sin ponerme un morrión o apuntar con un mosquete. Ahí queda para futuros viajeros.
El horario de visita de ambos recintos es en julio y agosto de martes a sábado de 10:00 a 14:00 y de 18:00 a 21:00 horas, abriendo sólo por las mañanas el resto del año. Es gratuito.

Éste es buen momento para tratar la conexión de Napoleón Bonaparte con la zona donde nos encontramos aunque ya no con relación a la Isla de Ibiza sino con la también balear Isla de Cabrera.
Tras la derrota francesa en la Batalla de Bailén en 1808, se organizó la dispersión de las tropas vencidas para evitar que se unieran a los refuerzos que Napoleón desplegó. Así, a los oficiales se les encarceló en el Castillo de Bellver mallorquín pero a los soldados de a pié (cerca de 9.000 efectivos del ejército napoleónico) se les deportó a la isla desierta de Cabrera (al sur de Mallorca). Abandonados a su suerte y a cielo abierto, muchos perecieron en lo que es considerado uno de los primeros campos de prisioneros de la Historia de manera que al final de la Guerra de la Independencia sólo se pudieron repatriar a unos 3.700 supervivientes. Por lo que relataron los que allí estuvieron y sobrevivieron, la escasez de suministros devino en hambruna y enfermedades, llegándose a casos de canibalismo. Se dice que Napoleón sintió una profunda humillación por la capitulación del general Dupont en Bailén y que exclamó indignado que «nunca se había deshonrado así al ejército francés», negándose a recibir a los oficiales repatriados y condenándolos al ostracismo.
Una vez cumplimentada la visita anterior continuamos descendiendo y acercándonos a las zonas habitables de Dalt Vila. Hay mucha gente recorriendo la zona y las terracitas están llenas con el personal consumiendo como locos. Por fin llegamos a la Plaza de la Vila en la que se ubican galerías de arte, tiendas de artesanía y restaurantes. En un lateral se abre el Portal de Ses Taules, que ya conocemos, y a la derecha salen una serie de callejuelas empedradas pintorescas que tienen su aquel si se está por la zona como el Carrer Sagrada Familia, el Carrer Ignasi Riquer, el Carrer Sant Carles o el Carrer de Sa Penya.
Aquí damos por concluida la visita a Dalt Vila y a la ciudad de Ibiza. Nos ha gustado el paseo por la zona antigua y sin duda que los aledaños también habrían merecido una visita pero a estas alturas del mediodía estamos cocidos de calor y lo único que queremos es regresar al barco a refrescarnos. De ahí el ya ayer haber eliminado de la ruta la Playa de Talamanca aun estando cerca del puerto de Botafoc en previsión de lo que luego ha sucedido.

De todas formas, dejo aquí la información para todo aquel interesado en desplazarse en transporte público desde la zona de Dalt Vila a la mencionada playa de Talamanca: se trata de la línea UE9 de la empresa Alsa que tiene una frecuencia de 20 minutos en estas fechas y habría que bajarse en la parada "Talamanca". El coste del billete es de 1,70 euros pagando con tarjeta y 2,40 euros si se paga en efectivo al conductor. Al otro lado de Dalt Vila, en la parte opuesta a Talamanca, está la playa de Ses Figueretes o incluso la playa d’en Bossa pero están más retiradas y de ahí no miré información.
Regresamos sobre nuestros pasos y aprovechamos para hacer alguna compra. Mi acompañante pregunta en unas de las tiendas por el calor que hizo ayer noche y si ello era normal. La dependienta nos confiesa que sí, que hizo calor pero tampoco nada excesivo en lo que son las temperaturas de la isla en esta época del año. Conclusión, que me parece a mí que no me ven el pelo por estas latitudes en el futuro salvo que se cambie de fechas de visita.
Cogemos el bus lanzadera al que apenas tenemos que esperar y subimos al Valiant Lady a recuperarnos. En el trayecto al barco hemos “pachado” por delante de la mítica discoteca PACHA que, por fuera y desde el autobús, la verdad es que decepciona un poco porque la esperaba más glamurosa. Tras dejar los avíos en la cabina y estando cerca el cierre de la mayoría de los puestos de The Galley a las 15:00 horas decidimos que sería buena idea repetir la comida de pinchos que pudimos degustar el lunes en The Dock aunque esta vez en el interior, en The Dock House, por aquello de estar al fresquito de la climatización.
Pedimos la comanda con unos cuantos vasos de refresco y mientras esperamos que nos la traigan caigo que va a acabar el crucero y no he probado la comida del Social Club: pretzel, alitas y hot dogs. Como este espacio abre a las 15:00 me voy pitando a por una remesa y llego justo cuando han empezado a atender y menos mal porque en cuestión de segundos se formó una cola que llegaba al Grounds Club.

Satisfecho el apetito toca planificar la tarde más desangelada de todo crucero, la del día antes de desembarcar. Estando de acuerdo que hacer la maleta va a ser lo último y después de cenar pues puede ser una buena idea ir al Arcade, que lo tenemos al lado, para echar unas partidas de despedida o apretarnos un segundo postre en forma de helados del Lick me till… Ice Cream tumbados en el Atrio.

A continuación es buen momento para darnos un chapuzón en la charca-jacuzzi o en la piscina/bañera en el entorno del Caotic Club.
Y ello será relatado en la siguiente y vocalista etapa.