En la propia Plaza Galvani se encuentra una zona de pórticos destacable por su ornamentación: el Pórtico de Pavaglione.
Su nombre puede proceder de las palabras francesas “pavillon”, es decir, pabellón, o “papillon”, mariposa. Se refiere a que precisamente en una plaza adyacente se encontraba el pabellón que acogía el histórico mercado de los capullos de seda, de cuya elaboración Bolonia era una de las capitales europeas.
Lo vamos recorriendo y lo enlazamos con otros más mientras nos solazamos con la contemplación de otra muestra de Patrimonio de la Humanidad, y ya van unos cuantos en este viaje.

La figura del pórtico en Bolonia surgió de la costumbre de “alargar” hacia el exterior, en la calle, el forjado de la primera planta de las casas. Este saliente se sostuvo después con vigas de madera apoyadas en bloques de selenita o de piedra, a modo de muletas. En sus inicios fue considerado un abuso de la construcción pero más tarde lo reguló el Ayuntamiento, que impuso el uso público del pórtico aunque estuviera construido en un espacio privado para que sirviera a los ciudadanos de refugio contra la intemperie, tal como reza un edicto municipal de 1568: “Viéndose la gran comodidad y la decoración pública del uso de los Pórticos de esta Magnífica Ciudad, y deseando, no sólo mantener y conservar dichos Pórticos, sino ampliarlos y adornarlos aún más para darle belleza a la Ciudad y para el disfrute universal...”
Mientras andamos vamos conversando sobre este último día en Bolonia. Por un lado, a toro pasado, podría haber sido buena idea haber hecho noche aquí también y haber podido admirar la ciudad sin tantas prisas pero, por otro lado, se nota ya el peso de los días en nuestro cuerpo humano y ello provoca que el cansancio no permita que la experiencia sea óptima. Paradójicamente, podríamos decir, casi estamos deseando llegar a casa pero simplemente para descansar cuerpo y mente de todas las emociones vividas.
De camino a la estación nos topamos con la sempiterna estatua ecuestre de Garibaldi.

Giuseppe Maria Garibaldi fue un revolucionario y militar italiano que, al frente de sus “camisas rojas”, hizo posible la Unificación de Italia en el siglo XIX junto con el rey de Cerdeña, Víctor Manuel II, el intelectual Giuseppe Mazzini y el estadista Camillo Benso, conde de Cavour.
Mirando el reloj nos damos cuenta de que la compra de recuerdos va a quedar para mejor ocasión aunque, la verdad sea dicha, tampoco es que haya establecimientos donde adquirirlos por lo menos en las zonas por donde nos estamos moviendo. Lo de pasar al supermercado se descarta y lo de adquirir alguna cosa del equipo de baloncesto más señero de la ciudad, la Virtus de Bolonia, también nos olvidamos. Me vuelvo con las manos vacías en ese sentido porque también he dado en hueso tanto en Atenas,como en Split.
Llegamos por fin a la estación de Bolonia donde lo primero va a ser recoger el equipaje de la consigna. Pagamos, procedemos y volvemos a subir a la superficie para coger un taxi que nos lleve al aeropuerto.

Para ir del centro de Bolonia al aeropuerto Guglielmo Marconi hay varias formas: bus urbano, el Marconi Express y taxi. En este foro otros viajeros han ido poniendo sus experiencias y, sorprendentemente, el coste del taxi es inferior al tren del Marconi Express por lo que en esta ocasión ni me molesté en estudiar otras alternativas, optando directamente por la opción del taxi, el cual vendría a costar unos 20 euros desde la estación de ferrocarril.
Estaba yo con la mosca detrás de la oreja también porque el día anterior había habido huelga de taxis en la ciudad y no sabía hasta qué punto se podría haber extendido al día de hoy. Nos vamos con las maletas a la zona de taxis y allí no hay ni personas ni taxis por lo que me empiezo a temer lo peor. Afortunadamente, aparece uno, lo paramos, nos subimos y ya nos vamos del tirón al aeropuerto.
Nos bajamos, buscamos la zona de facturación y empezamos a percatarnos de que va a ser una vuelta complicada. Hay mucha gente y muchas colas en todos los sitios. Llegamos a la fila de facturación de Iberia y delante nuestra hay un grupo numeroso ataviados con chándales deportivos de alguna selección italiana. El proceso se ralentiza y hasta nos da tiempo a averiguar que se trata de la selección italiana de tiro que viaja a España para alguna competición. Los integrantes del equipo transalpino no sólo se están facturando a ellos mismos sino todo su equipo, consistente en bultos de todos los tamaños y donde se adivina que su contenido abarca rifles, escopetas, pistolas y demás armas de fuego a usar en el torneo de turno. Nos empezamos a poner nerviosos porque van pasando los minutos y la cola no avanza un centímetro. Más de media hora después conseguimos que nos toque en un hueco temporal entre que traen y no traen el resto de armas de fuego y con la tarjeta de embarque nos vamos a pasar el control de seguridad.

Nos dirigimos al mencionado control y vemos una cola que sale y entra del propio recinto del aeropuerto. ¿No será la fila para el embarque? Efectivamente, lo es. Debe ser que la huelga del personal de tierra provoca que haya personal de servicios mínimos y éste no dé abasto a dar acceso. Nos ponemos en la cola y ya la angustia se palpa en el ambiente. Mi acompañante me dice que a este paso no llegamos a embarcar y tiene pinta de que va a tener razón. Todos los que estamos allí barruntamos tragedia y se empiezan a oir discusiones en italiano. En un momento dato pasa un señor por allí preguntando quiénes viajan a Madrid y Londres y todos los “agraciados” rápidamente nos ponemos a su lado y le seguimos. El señor nos conduce por un lateral del control y nos habilita un par de puestos para pasar por el escáner, lo que provoca automáticamente las iras de otros compatriotas viajeros que también van a embarcar en nuestro vuelo, se han “chupado” la cola correspondiente y están llegando también a la zona de control. Nosotros nos excusamos y contestamos que no nos estamos colando y que nos han traído desde el final de la cola porque si no no llegábamos. Hay cruce de declaraciones porque todos estamos un tanto estresados pero parece que llega la calma y, por fin, pasamos el control y llegamos al embarque.
Allí hay también un pandemonium de narices. En la fila anterior mi acompañante me decía que seguro a que los de la selección italiana les iban a colar y yo le contesté que supongo que les tocaría esperar como todo hijo de vecino. Pues no, los miembros de la selección italiana, que aún seguían facturando cuando nosotros nos marchamos, estaban al completo ya en la espera del embarque. Favoritismos patrios por lo que se ve…. Llega la hora de embarcar y allí no se mueve nada. Voces italianas de otros vuelos que están junto a nosotros se elevan de tono y hacen el ambiente casi irrespirable. Se acumula retraso y parece que va para largo. Por fin, comienza el proceso y subimos al avión pero aquello no arranca porque parece que, para rematar, estamos esperando a unos pasajeros que vienen de un vuelo con conexión. La conclusión es que el vuelo tenía su salida prevista a las 18:50 y no despegamos hasta pasadas las 20:00 horas. El vuelo es apacible, al menos.

Llegamos a Barajas, por fin, y nos acercamos a recoger las maletas facturadas. Como las desgracias nunca vienen solas la espera es interminable y tardan una eternidad en salir por lo que al final, entre unas cosas y otras, estamos saliendo de la T4 mucho más tarde de las 23:00 horas.
Salimos a la fresca noche madrileña y nos vamos a la parada de taxis. Nos despedimos, cada uno se coge su coche correspondiente que nos va a llevar a casa e, inexorablemente, el viaje toca a su fin. Buenas noches.
Conclusiones que nos deja el día:
. La visita a Bolonia se nos ha hecho corta. Merecería un par de días por lo menos y si le sumamos museos automovilísticos varios en los alrededores pues daría de sí mucho más. A repetir, sin duda, porque tiene un rollo de ciudad de la Toscana mezclado con un ambiente como más cosmopolita.
. La estación central de Bolonia es enorme y tiene infinidad de pasillos. Hay que tenerlo en cuenta pese a que todo está bien indicado porque las distancias se aumentan, además, si vas cargado de maleta y mochila.
. El trayecto a pie desde la estación de ferrocarril de Bolonia a lo que es el meollo histórico lleva su tiempo y, de haberlo sabido, lo mismo hubiera sido una buena idea coger algún autobús que nos hubiera acercado más a la Piazza Maggiore, por ejemplo. Hubiéramos ganado en tiempo y en energías.
. Ante huelgas de todo tipo como por ejemplo, aeroportuarias, hay que prever el ir con tiempo de antelación suficiente por si surgiera alguna incidencia y evitar quedarte en tierra. El mal rato no te lo va a quitar nadie pero al menos no va uno con el alma en vilo.
Finalizado el viaje toca extraer conclusiones y dar las últimas pinceladas de lo vivido en estos últimos días. Nos vemos, estimado lector, si así lo deseas, en la próxima etapa.