Día 5: Cruce del altiplano de Putre a Colchane
Resumen: Reserva Nacional las Vicuñas, Salar de Surire, Parque Nacional Volcán Isluga. Todos estos lugares son indescriptibles. Hay que verlo para entenderlo. Noche en Cariquima.
Ha llegado el día más incierto de esta aventura por el altiplano chileno. Queremos llegar a Colchane desde Putre pasando por el Salar de Surire y por el Parque Nacional del Volcán Isluga. No sabemos si lo conseguiremos, si nos perderemos por el camino, si el coche nos dejará tirados en territorios despoblados o si nos asaltarán los contrabandistas bolivianos.
Recorreremos lugares muy solitarios. Especialmente nos preocupa el tramo de Surire a Colchane, sin señalizar y con trampas de arena. Obviamente no hay lugares donde repostar combustible, por lo que debemos llevar bidones de repuesto.
Tomamos la pista de ripio hacia Surire a unas horas de la mañana en las que el altiplano adquiere un toque mágico. Las montañas flotan sobre la niebla que se levanta al derretirse la escarcha de la fría noche altiplánica. La soledad y la inmensidad envuelven todo en un aire todavía más místico. Las vicuñas levantan la cabeza al oir el ruido del motor.
Al igual que había sido conmovedor el encuentro, también lo es la despedida de los volcanes Payachatas. Apuntamos la vista al Guallatire para fijarnos en su cráter humeante, que acompaña al Acotango. Son los otros dos seismiles del Parque Nacional Lauca, junto con los Payachatas.
Tras cruzar el puente sobre el río Lauca entramos en la Reserva Nacional Las Vicuñas, enorme área creada para proteger a las vicuñas. ¡¡Y vaya si hay vicuñas!!. Al pie del volcán Guallatire se emplaza la pequeña aldea de Guallatire, que alberga una de las iglesias coloniales del altiplano.
Atravesamos quebradas, pampas, ríos, ………..la belleza desolada del altiplano. Llegamos sin problema al Salar de Surire, uno de los puntos culminantes para quién emprenda un viaje por el altiplano chileno. Desde lejos ya nos maravilla la vista del salar rodeado de montañas. Y cuando nos acercamos al lago, siento la emoción de conocer un lugar así.
En el retén de carabineros de Chilcaya comenzaba uno de los episodios más emotivos de este viaje, no sólo por visitar el ansiado salar de Surire, sino porque ahí conocimos a Louise, una aventurera alemana que está recorriendo Chile en bici en solitario. Louise había llegado el día anterior desde Putre y había pasado la noche en el puesto de carabineros. Ellos le desaconsejaron seguir pedaleando, tanto por las dificultades del camino como por su propia seguridad, ya que por esas zonas pululan bandas de traficantes bolivianos, y si te pilla la noche por ahí nada bueno te puede pasar. Conocer a personas tan especiales es lo mejor de los viajes, incluso mejor que conocer los lugares en sí.
No nos tranquilizó nada la respuesta del carabinero cuando le preguntamos por el estado del camino. “Pésimo” fue su respuesta. Pero antes de preocuparnos por las dificultades que nos esperan, preferimos disfrutar del Salar de Surire a 4200 m de altura, de su paisaje de volcanes, y de la fauna que lo habita.
Las Termas de Polloquere son un lugar muy singular. Te deja sin palabras el momento en el que tienes ante ti ese lago azulado de aguas burbujeantes, rodeado de la blanquecina costra salina enmarcada por montañas volcánicas.
A partir de entonces empieza la verdadera aventura en el camino del Salar de Surire a Colchane, solitario y desastroso, muy arriesgado por la noche. Durante kilómetros no pronunciamos palabra, atentos a las trampas de arena que tapan el camino. Hemos dejado la provincia de Arica-Parinacota y entramos en la de Tarapacá.
Nos relajamos después de bajar el puerto de Mocomucone y divisar la amplia pampa enmarcada por el volcán Isluga. El camino es ya más fácil. El Parque Nacional Volcán Isluga se caracteriza por el humeante volcán en colores violáceos y añiles. Varios pueblos del altiplano se suceden a nuestro paso. Algunos parecen abandonados, en otros apenas viven un par de pastores. Miremos a donde miremos todo es impresionante.
Paseamos por las polvorientas calles de Enquelga e Isluga, los principales poblados de este sector del altiplano. Ambos cuentan con iglesias coloniales.
En Cariquima terminamos la etapa. Este pueblo del altiplano todavía nos deparaba nuevas sorpresas y experiencias. Visitaba la zona un grupo de delegados del gobierno chileno dentro de un programa gubernamental de apoyo a las comunidades aymaras. Pretenden desarrollar el turismo comunitario con el fin de evitar el abandono de las aldeas. No quieren que esta zona se convierta en otro San Pedro de Atacama, ni tampoco en un circo folclórico. Dicen querer hacerlo bien y que las comunidades indígenas lleven las riendas en los recursos turísticos.
Para esa tarde habían programado una visita a la aldea de Huaytane para aprender cómo los aymaras construyen sus casas de adobe tradicionales. Ya que nos invitaron a unirnos, allá nos fuimos, mientras Louise se quedaba limpiando su bicicleta del polvo acumulado en el camino. Resultó ser una grandísima y emotiva experiencia.







Día 6: Parque Nacional Volcán Isluga. De Cariquima a Iquique
Resumen: Salar de Coipasa, Quebrada Aroma, Parque Nacional Volcán Isluga : Puchuldiza, Mauque, Laguna Arabilla. Ruta a Iquique por la quebrada de Tarapacá parando en algunos miradores y el geoglifo del Gigante de Atacama. Noche en Iquique.
No teníamos clara la ruta para hoy ni dónde íbamos a dormir. Así que, nos dejamos aconsejar y escuchamos varias propuestas. Aunque me apetecía quedarme otra noche en Cariquima, me dejé sucumbir a la tentadora comodidad y acordamos reservar hotel en Iquique.
Tras desayunar juntos nos despedimos de nuestra amiga alemana intercambiando datos de contacto y comprometiéndome a seguir sus aventuras. Hemos estado muy a gusto en Cariquima, pero toca seguir viaje. Como todavía tenemos gusanillo de altiplano, queremos una ración más.
El Salar de Coipasa es compartido por Chile y Bolivia. Nos han contado que la zona es conflictiva, especialmente de noche, ya que esta frontera ilegal es usada por los traficantes bolivianos para introducir drogas en Chile y pasar vehículos robados a Bolivia. Nos dirigimos al salar con los ojos muy abiertos, por si observamos alguna maniobra rara.
Enfilamos hacia la diminuta aldea de Paravinto por una pista de tierra entre campos habitualmente plantados de quinoa. La mujer que nos aborda entre sollozos tiene motivos para ello. Un perro había matado un cordero que ella había criado con mucho esfuerzo. Sus desesperados lamentos nos ayudan a entender el apego que los aymaras tienen a sus animales domésticos. La soledad del lugar no se puede describir.
Tras este inesperado episodio, echamos un vistazo al Salar de Coipasa antes de regresar a Cariquima para tomar a continuación dirección a Ancuaque. La carretera asciende hasta 4100 m para atravesar la Quebrada de Aroma. Es un paisaje rojizo y rocoso muy bonito, por donde no circula nadie más. Los únicos inquilinos son los animales que pastan en el bofedal.
Cuando desembocamos en la carretera internacional Iquique-Oruro, pronto nos desviamos hacia el Parque Nacional Volcán Isluga. Puchuldiza será nuestro siguiente destino. Ver un cóndor tan cerca, apostado al borde del camino, nos ayuda a apreciar más su envergadura. La fauna sigue presente y en el descenso a Puchuldiza nos encontramos un grupo de vicuñas.
A Puchuldiza llegamos demasiado tarde para asistir al espectáculo de los géiseres. Están más activos a primera hora. Aunque no era nuestra intención, decidimos zambullirnos un rato en las termas. Están bien estas experiencias en plena naturaleza a 4100 m de altitud, y mejor si no hay nadie alrededor.
En el poblado de Mauque tenemos oportunidad de conocer su iglesia del siglo XVII. Curioseando por las casas de adobe en ruinas, nos preguntamos si queda algún habitante en este lugar.
El Volcán Isluga se muestra altivo desprendiendo fumarolas sobre el paisaje. Los caminos de tierra son muy solitarios. Ya conducimos con confianza por los remotos territorios, aunque siempre cabe cierta intranquilidad. Tras pasar Ancuyo nos espera otro de los lugares de indescriptible belleza que hemos conocido estos días. Se trata de la Laguna Arabilla, buen lugar para el picnic a 3800 m de altitud. Los flamencos rosados y blancos aportan vida a estos lugares que a lo lejos parecen desolados, pero que de cerca descubres que borbotean vida.
Un ligerísimo sabor amargo me quedaba de este viaje por el altiplano, ya que apenas había visto suris. Pero el sabor se endulzó en el tramo final. Los suris nos despedían de esta aventura por la puna chilena en grupos tan numerosos que no me lo podía creer.
Ha sido maravilloso estar ante estos paisajes incomparables que nos han dejado boquiabiertos. Son lugares de emociones a cada instante.
Tras sobrepasar Escapiña dejamos la tierra y el polvo y enlazamos con la carretera asfaltada para desplazarnos a Iquique. Cuando nos internamos en la Quebrada de la Felicidad o de los Penitentes, las formaciones rocosas requieren nuestra atención. Recorremos paisajes colorados antes de pasar por la Quebrada de Ocharaza en la que se emplaza la aldea de Chusmiza, colgada de la ladera y rodeada de cultivos en terrazas.
Después atravesamos la Quebrada de Tarapacá, hasta que llegamos al insípido y desteñido desierto. Ahí en medio, a 15 Km de Huara se alza un lugar de visita obligada. Se trata del Cerro Unita. Los geoglifos se dibujan en sus laderas arenosas, especialmente el Gigante de Tarapacá, que es el geoglifo más grande del mundo.
La autovía que nos deja en Iquique, gran ciudad en la costa del Pacífico. Es impresionante verla desde arriba apoyada sobre una duna gigante. La carretera desciende dramáticamente desde Alto Hospicio hasta la costa.
Nos alojamos en el NH Iquique, habitación superior con vistas al mar. Homenaje después de varios días de polvo y altitud. Piscina, tumbonas y palmeras,… ¡¡viva la comodidad!!.






Día 7: Iquique y panamericana a Arica
Resumen: Visita de la ciudad costera de Iquique apoyada en la duna gigante: Calle Baquedano, museo regional. Después nos trasladamos a Arica por la carretera panamericana que atraviesa el desierto costero del norte de Chile, parando en varios miradores (quebradas, geoglifos). Por la noche vuelo a Santiago.
Dedicamos el día a conocer la ciudad de Iquique. Su pasado como puerto salitrero le aporta tanta identidad propia como la duna gigante sobre la que se recuesta. La ciudad cuenta con numerosas playas, algunas aptas para el baño y otras de bravo oleaje concurridas por surfistas.
La avenida de la Costanera es larga. Parece que nunca se acaba. La culpa es de la orografía del terreno y de las gran duna. El Cerro Dragón es la mayor duna urbana del mundo y obliga a la ciudad a extenderse a lo largo de la costa y a crecer hacia arriba.
El corazón de la vida urbana bulle en torno a la Plaza Arturo Prat, en cuyo centro observamos la Torre del Reloj, símbolo de la ciudad. Después de conducir por unas calles un tanto sórdidas, me alegra percibir el agradable ambiente de esta zona de la ciudad. Y es que aquí comienza la Calle Baquedano, bulevar peatonal flanqueado por históricas mansiones de hermosas fachadas construidas a finales del siglo XIX o principios del XX, durante el auge del negocio del salitre. Los puestos callejeros y las tiendas animan el paseo.
También en esta calle peatonal nos tropezamos con el Museo Regional de Iquique, que me ha parecido muy interesante. Cada sala se dedica a un episodio destacado de la historia de la región: la cultura chinchorro, el auge del salitre, la matanza de la Escuela Santa María…..
Iquique habría dado para mucho más. Nos quedó pendiente acercarnos al puerto y al Museo Esmeralda, pasear al borde del mar o saludar a los lobos marinos. Pero nos quedaban 300 Km de carretera para llegar a Arica, devolver la camioneta a Europcar, y tomar nuestro vuelo a Santiago a última hora del día. No podíamos olvidarnos de repostar en Iquique, ya que hasta Arica no hay gasolineras. Ni siquiera hay pueblos o lugares agradables donde hacer un alto en el camino.
Nos habíamos entretenido más de la cuenta en Iquique, y la mayoría de paradas que había previsto hacer por el camino no eran posibles. Ni siquiera nos acercamos al Mirador de Cerro Dragón para contemplar esa impresionante vista de la ciudad.
Pasamos las salitreras de Santa Laura y Humberstone, convertidas en museos, así como los pueblos de Pozo Almonte y Huara, y a partir de entonces no vemos más que desierto desolado durante kilómetros y más kilómetros. Es tan feo y tan feo que yo me concentraba en avivar mis recuerdos del altiplano.
Cambia el relieve después de cruzar la Quebrada de Tilviche. Es entonces cuando el plano desierto deja paso a una orografía de montañas de arena. La carretera serpentea subiendo y bajando por la Cuesta de Tana, la Cuesta de Chiza, la Cuesta de Chaca, la de Camarones o la de Acha, que atraviesan diversas quebradas. A algunas de ellas nos asomamos desde sus miradores.
También por esta zona los antiguos pobladores quisieron dejar sus huellas en forma de geoglifos que ilustran escenas de sus actividades. Es el caso de los Geoglifos de Chiza.
Noche en hotel City Express Santiago, cerca del aeropuerto porque mañana nuestro vuelo a Temuco sale temprano. Habitación muy confortable. Ofrece transporte gratuito de/hacia aeropuerto y desayuno desde las 4 am.




